TURISMO
Palacio Real, Madrid.

El turismo es una de las industrias que más dinero mueve, con un total de 7,2 trillones de dólares al año, el 9,8% del PIB mundial, y genera 284 millones de puestos de trabajo.

En un afán por atraer más turistas que el resto, las ciudades compiten entre ellas y tratan de potenciar sus particularidades.

En las ciudades actuales, el turismo se ha convertido en una de las industrias que más dinero mueve y, por tanto, de las más interesantes para la inversión. Según datos del World Travel & Tourism Council (WTTC) la industria mueve un total de 7,2 trillones de dólares al año, el 9,8% del PIB mundial, y genera 284 millones de puestos de trabajo, lo que supone que 1 de cada 11 personas que trabajan en el mundo lo hacen en este sector. Además ha estado creciendo los últimos 5 años (según datos del 2015) a un ritmo del 2,8%, por encima del 2,3% de promedio de la economía mundial y se prevé que siga creciendo en los próximos años.

Ante este escenario, las ciudades compiten entre ellas para atraer más turistas que el resto y tratan de potenciar sus particularidades, sus edificios o templos históricos singulares, sus nuevas construcciones, las actividades culturales, las fiestas,… cualquier característica que pueda hacer resaltar a una ciudad sobre el resto es ofrecida en los folletos turísticos, mercantilizada y usada así, como promoción para intentar sacar un rédito económico de ella.

Cualquier característica que pueda hacer resaltar a una ciudad sobre el resto, es ofrecida en los folletos turísticos, mercantilizada y, usada así, como promoción para intentar sacar un rédito económico de ella.

Vistas desde el mirador del Turó de la Rovira, en el barrio del Carmelo de Barcelona. En este punto estratégico, desde donde se ve toda la ciudad, estaban ubicadas las baterías antiaéreas que tenían que defender Barcelona durante la guerra civil. La zona era visitada únicamente por las vecinas hasta que en el 2015, el MUHBA (Museo de História de la ciudad) realizó una intervención para remodelarlo y se empezó a publicitar como un destino turístico imprescindible de la ciudad. Actualmente la zona está tan llena de turistas que son raras las vecinas que pasean por allí.

Los barrios van viendo como sus tiendas de toda la vida desaparecen y dejan paso a negocios orientados al turismo.

Según el Foro Económico Mundial, en 2016 tuvieron lugar 1,2 billones de llegadas internacionales, 46 millones más que el año anterior. Esta afluencia de turistas en las ciudades tiene importantes consecuencias en su desarrollo. Los barrios van viendo como sus tiendas de toda la vida desaparecen y dejan paso a negocios orientados a estos nuevos visitantes como tiendas de souvernirs, fastfoods, puestos de alquileres de bicicletas o motos para visitar la ciudad, agencias de viajes, mercados convertidos para el consumo del turismo donde, los puestos tradicionales se reducen dejando paso a tiendas delicatessen o gastrobares,…y una cantidad enorme de hoteles, hostels y, como no, pisos turísticos que contribuyen al incremento del precio de la vivienda.

Una familia desahuciada posa frente a las ruinas de su casa junto al templo Wat Kalayanamit en Bangkok. El templo, ubicado frente a la cotizada orilla del rio Chao Phraya y que funciona como importante reclamo turístico, verá ampliados sus terrenos gracias a la destrucción de las casas que habían a su alrededor mientras los vecinos serán desplazados a otras zonas de la ciudad.

Ante esta situación, la población local, que ha creado las particularidades que hicieron atractiva la ciudad para los turistas, se ve forzada a desplazarse a la periferia (gentrificación) mientras deja tras de si el esqueleto de un barrio que ya no es, pero que sigue funcionando para obtener beneficios. Al menos por el momento, porqué tal y como señala David Harvey al hablar sobre la tematización de las ciudades “Cuanto más se disneyfica (…), menos única y excepcional es. La insulsa homogeneidad que acompaña a la pura comercialización borra las ventajas del monopolio”. Lo que vendría a suponer que a la larga, estas ciudades dejaran de destacar sobre las demás, serán copias unas de otras que no aportaran nada al visitante porque, lo que hace a una ciudad única, con sus muchas contradicciones y luchas, es la vida que le dan las personas que el capitalismo no para de exprimir.

Mercado de San Miguel en Madrid y de la Boquería en Barcelona. Los mercados tradicionales de los barrios frecuentados por el turismo se han ido transformando en zonas con tiendas delicatessen, gastrobares y restaurantes más orientados al turismo que a las necesidades del día a día del vecindario. Un ejemplo más de la disneyficación de los centros de las ciudades que poco a poco van perdiendo sus usos tradicionales y se acaban convirtiendo en escenarios de una ciudad que ya no existe.
 
Feria da Ladra, con el Panteón nacional de fondo, Lisboa. Es el mercado más antiguo de la ciudad y donde se pueden encontrar todo tipo de objetos de segunda mano y antigüedades. Ubicado en el turistificado barrio de Alfama, se ha convertido en una de las atracciones más llamativas de la zona para los turistas, cuya presencia masiva y desbordante está provocando las quejas de los vecinos, tal como muestra la pintada de la última imágen (“Turista turista, hace daño a la vista”).

La población local, que ha creado las particularidades que hicieron atractiva la ciudad para los turistas, se ve forzada a desplazarse a la periferia mientras deja tras de si el esqueleto de un barrio que ya no es, pero que sigue funcionando para obtener beneficios.

La sensación de pasear por los templos o barrios céntricos de las ciudades, es la misma que la de recorrer las atracciones de un parque temático creado para entretener a una clase media turística internacional. Cuanto más se disneyfican las ciudades, menos únicas y excepcionales son.

De hecho, esta similitud entre ciudades es algo que ya podemos ver perfectamente. Encontramos las mismas tiendas, los mismos bares y restaurantes y el mismo tipo de actividades de ocio, con pequeñas variaciones meramente superficiales, en cualquier ciudad del mundo. Lo mismo ocurre con los edificios históricos singulares que, aunque difieren entre ellos, la experiencia de visitarlos se convierte en algo meramente estético. Da igual que visitemos el Parque Güell en Barcelona, el Chankdeokgung Palace en Seúl, el templo de de Wat Kalayanamit con su buda dorado en Bangkok, la iglesia de Santa Sofia en Istanbul o el museo nacional de Etiopía en Addis Abeba. La sensación va a ser la misma, la de recorrer las atracciones de un parque temático pensado para entretener a una clase media turística.

Templo Wat Pho, también conocido como templo del Buda reclinado, una de las paradas obligatorias en todas las guías turísticas de Bangkok.
 
Parque Güell, del arquitecto modernista Antoni Gaudí, Barcelona. Uno de los sitios a ver para cualquier turista que visite la ciudad. Las instalaciones habían sido de uso público hasta octubre de 2013, año en que se limitó el acceso a una parte del parque y se hizo de pago. Las vecinas dejaban así de poder usar libremente estas instalaciones  que pasan a ser usadas principalmente por turistas.
Changdeokgung Palace, Seúl.

Una de las industrias que más se benefician del turismo es la relacionada con el alquiler vacacional. Aunque la mayoría de visitantes todavía se agrupan en torno a los hoteles, desde el 2008 los pisos turísticos han entrado con fuerza en el mercado de la mano de plataformas como Airbnb. Con más de 150 millones de huéspedes que han usado la aplicación y, con alojamientos en más de 65,000 ciudades de más de 191 países, tal como indican en su página web, Airbnb no para de aumentar el negocio y de alzarse como un fuerte competidor frente a los grupos hoteleros.

Inmobiliarias e inversores se lanzan a la compra de propiedades en los barrios de mayor interés para alquilarlas a turistas, reduciendo así el parque de alquiler tradicional e incrementando sus precios.

Hotel Shangri-la, Bangkok. Este hotel de 5 estrellas está ubicado en una de las valiosas orillas del rio Chao Phraya que cruza la ciudad, justo al lado del hotel de la misma categoría Mandarin Oriental.

Las administraciones locales y los gobiernos, ante las demandas del lobby turístico, invierten también en infraestructuras cuyos principales beneficiarios son los turistas, dejando desatendidas zonas que la población de la ciudad podrían necesitar más.

La alta rentabilidad de estos pisos turísticos para sus propietarios, potencia, entre otros factores, un incremento de los precios de las viviendas. Inmobiliarias e inversores se lanzan a la compra de propiedades en los barrios de mayor interés para alquilarlas a turistas, reduciendo así el parque de alquiler tradicional e incrementando sus precios, llegando a producir escenas tan dantescas como la adquisición de bloques de edificios enteros por un solo propietario con sus arrendatarias incluidas, a las cuáles se presiona para que se vayan y poder realquilar o revender el inmueble a precios superiores (tal como vienen denunciando desde hace tiempo plataformas como la PAH en España), en una espiral donde la avaricia de los inversores no conoce fin. Por no hablar del malestar que generan los pisos turísticos dentro de comunidades de vecinos que crean un continuo circular de personas que no conocen de nada, que se marcharan en unos días y que, al estar de vacaciones y no tener que trabajar al día siguiente, alargan las noches con cenas, charlas y fiestas mientras perjudican el descanso de las vecinas.

Greg Liddell, director general del Hotel Mandarín Oriental, Barcelona. Foto realizada para Forbes.
Hotel Mandarin Oriental, Bangkok
Hotel Lebua, Bangkok
Hotel Shangri-la, Bangkok

Todo esto gracias a gobiernos neoliberales que favorecen este tipo de acciones. En España, la reforma que realizó el PP de la ley de arrendamientos urbanos (LAU) redujo el tiempo de los contratos de alquiler de 5 a 3 años, poniendo más fácil la especulación y desprotegiendo a la población.

Si bien estos problemas con la comunidad de vecinas no son tan notorios en los Hoteles, estos siguen promoviendo y estimulando un turismo masivo mientras continúan solicitando licencias de apertura de hoteles, intentando exprimir al máximo el sector y contribuyendo a la turistificación de las ciudades.

Jeroen Merchiers, General Manager de Airbnb en Europa del Norte, Este, Sur y Rusia.

Las administraciones locales y los gobiernos, ante las demandas del lobby turístico, invierten también en infraestructuras cuyos principales beneficiarios son los turistas, dejando desatendidas zonas que podrían ser de mayor interés para la gente de la ciudad. Así se amplían aeropuertos, estaciones de tren y de autobuses, se mejoran los accesos a las ciudades y, como no, también se justifica el aumento de la vigilancia para vender ciudades seguras para ser visitadas, algo que no se explica únicamente por el turismo sino también por la necesidad de dominar la calle y de mantener a la población controlada. Un control que no solo se ejecuta de forma directa con el aumento de la vigilancia y la presencia de fuerzas de seguridad, sino de forma ideológica, mediante el uso del civismo o del “espacio público” que, tal y como define Manuel Delgado “…pasa a concebirse como la realización de un valor ideológico, lugar en que se materializan diversas categorías abstractas como democracia, ciudadanía, convivencia, civismo, consenso y otras supersticiones políticas contemporáneas”

Estación de Oriente, obra del polémico arquitecto Santiago Calatrava en Lisboa.
Manifestación organizada por  la asociación
de camareras de piso “Las Kellys”,
  frente al hotel Hilton de Barcelona, denunciando
la precariedad laboral a la que están sometidas.

A pesar de los enormes beneficios generados por el turismo, estos no recaen sobre las clases trabajadoras sobre las que se sustenta esta industria, como debería ser y como pretenden vendernos, sino sobre los directivos y accionistas de las empresas así como los rentistas inmobiliarios. Las personas que trabajan como cocineras, camareras, recepcionistas,… por el contrario, tienen que vivir con salarios y condiciones laborales precarias. En España, “Las Kellys”, asociación de camareras de piso que limpian hoteles, hartas de la explotación a la que están sometidas mientras no paran de escuchar lo mucho que el turismo beneficia a la economía, se han unido y plantado cara a los grupos hoteleros. Entre sus últimas reivindicaciones, se quejan de la externalización de los servicios, de los bajísimos salarios (2€ o menos por habitación), de la inexistencia de planes de seguridad e higiene en el trabajo, de las deficientes condiciones de prevención de riesgos, de la imposibilidad de que las mutualidades laborales reconozcan como enfermedades profesionales ciertas dolencias, del abandono total de las administraciones a sus problemas, del incremento de horas de trabajo sin gratificación alguna, de la imposibilidad de conciliar la vida familiar y de la degradación total del empleo, consecuencia de la reforma laboral.

Una auténtica lucha de clases tanto a nivel laboral como a nivel de ciudad.

A pesar de los enormes beneficios generados por el turismo, estos no recaen sobre las clases trabajadoras sobre las que se sustenta esta industria sino sobre los directivos y accionistas de las empresas y los rentistas inmobiliarios.

Los cruceros, otra forma de negocio turístico, mezcla entre parque de tracciones y centro comercial, saturan los centros históricos de las ciudades con sus pasajeros mientras sus motores producen elevados índices de contaminación.

El crucero Costa Mediterranea atracado en la nueva Terminal de cruceros de Santa Apolónia en Lisboa.

Otra de las formas que la industria turística ha encontrado para ampliar la oferta de servicios que ofrece es la del viaje en crucero. Recorridos de diversa duración haciendo paradas para visitar diversas ciudades con puerto. Estos barcos, ciudades flotantes con capacidad para unos 6000 pasajeros en los de mayor tamaño, tienen desde parques acuáticos a restaurantes, bares, piscinas, gimnasios, casinos, discotecas, teatros… y, como no, una gran zona de compras donde no dejar de consumir aunque se esté en alta mar. Un auténtica zona de ocio teatralizado flotante, mezcla entre parque de atracciones y centro comercial con paradas turísticas en las ciudades, que ven como los potentes motores de los barcos contaminan el ambiente mientras la gran cantidad de pasajeros de estos cruceros saturan sus centros históricos. Las ciudades aparecen aquí, una vez más, como escenarios creados para el consumo de este turismo masivo que privatiza los beneficios producidos por bienes creados colectivamente como las ciudades.

Terminal de cruceros de Barcelona.

El problema no es el turismo en si sino las formas en las que este se desarrolla, los intereses a los que obedece y la desprotección de las personas que viven en las ciudades ante la potencia descontrolada del capital inversor.

Ante el creciente descontento que el turismo masivo está produciendo entre la población local de las ciudades altamente turistificadas, conviene recordar que el problema no es el turismo en si, del que cualquier persona con capacidad económica puede llegar a disfrutar, sino las formas en las que este se desarrolla, los intereses a los que obedece y la desprotección de las personas que viven en las ciudades ante la potencia descontrolada del capital inversor. Un turismo que perjudique a las habitantes de la ciudad no debería tener cabida en nuestras sociedades.

Terminal de cruceros de Barcelona