EL EFECTO GUGGENHEIM

Hay un determinado urbanismo que, de la mano de las administraciones neoliberales y las empresas privadas, a hecho ciudad desde los despachos de los urbanistas y arquitectos, de arriba abajo, sin tener en cuenta las necesidades reales de los habitantes y con el objetivo último de maximizar beneficios del suelo y del turismo.

Detalle del Museo Guggenheim de Bilbao, obra del
arquitecto Frank Gehry.

Tal como cuenta Iñaki Esteban en su libro “El efecto Guggenheim. Del espacio basura al ornamento”, corren dos historias sobre como se decidió el emplazamiento final del museo Guggenheim en la zona de Abandoibarra (antiguamente llamada Campa de los ingleses y rebautizada como una parte más del proceso de renovación). Una de ellas dice que fue Frank Gehry, el arquitecto que diseñó el museo, quien vio el emplazamiento desde las colinas de Archanda donde tenía una panorámica de la ciudad y la otra, cuenta que fue Thomas Krens, director de la fundación, que se encontró el espacio mientras hacía footing. Sea cuál sea la historia verdadera, ambas ilustran a la perfección lo que un determinado urbanismo, de la mano de administraciones neoliberales y las empresas privadas ha supuesto para las ciudades. Una forma de hacer ciudad, desde los despachos de los urbanistas y arquitectos sin tener en cuenta las necesidades reales de los habitantes y con el objetivo último de maximizar beneficios del suelo y del turismo.

Museo Guggenheim de Bilbao, obra del arquitecto
Frank Gehry.

El Guggenheim se vendió como una forma de “revitalizar” y “sanear” la ciudad en un contexto de conflictividad laboral y social donde Bilbao vivía las consecuencias de la desindustrialización. Lo que en realidad se perseguía era revalorizar esos terrenos, ubicados en un entorno privilegiado junto a la ría y reconfigurar la imagen de la ciudad con el Museo, que actuaría como “Hito Arquitectónico”, un edificio fácilmente distinguible y localizable que pudiera atraer la atención y posicionar a la ciudad dentro del mercado internacional de ciudades, donde se compite para atraer turismo e inversión, mientras lavaba la cara al proyecto dándole una imagen vanguardista. Un envoltorio llamativo para ocultar o distraer la atención del auténtico motivo de esta intervención: hacer negocio con la ciudad en lugar de crear ciudad según los intereses de las personas que la habitan.

Los datos de visitantes del museo revelan perfectamente el poco uso que realiza la población local: casi el 90% de las personas que acuden al Guggenheim son turistas (66% extranjeros y 23% nacionales) mientras solo un 10% es gente de la ciudad (Datos del 2016). El museo es un claro reclamo para un turismo ávido de experiencias culturales. Quienes se interesan únicamente en el aumento de beneficios y justifican así cualquier tipo de actuación, dirán que, aunque el museo no esté destinado al uso de la población local, el dinero generado beneficia a todo el mundo. Un discurso que legitima cualquier tipo de intervención, desde perder el derecho a la ciudad hasta permitir la industria armamentística. El incremento de beneficio, razón de ser del sistema capitalista, choca aquí de frente con el derecho a la ciudad.

Los llamativos edificios como el Museo Guggenheim de Bilbao, funcionan como Hito Arquitectónico, un edificio fácilmente distinguible y localizable que puede asociarse a una ciudad, permitiéndole destacar sobre el resto.

Las torres del complejo Isozaki Atea,
del arquitecto Arata Isozaki en colaboración
con Iñaki Aurrekoetxea , vistas desde el puente
de Calatrava que cruza la ría de Bilbao.

Los datos de visitantes del Guggenheim revelan perfectamente para quien se creó: el 90% de las personas acuden al museo son turistas (66% extranjeros y 23% nacionales) mientras que solo un 10% es gente de la ciudad.

La enorme publicidad generada entorno al Guggenheim ha funcionado tan bien para extraer rentas del suelo que las sucesivas administraciones de Bilbao no han dejado de explotarlo. Actualmente, la zona de la ría donde está el museo y sus alrededores, que tan bien se han aprovechado del discurso del arquitecto estrella, parecen un paseo de la fama con construcciones de “célebres” figuras de la arquitectura y el diseño como Santiago Calatrava, Rafael Moneo, Alvaro Siza, Philippe Starck, Richard Rogers, Javier Mariscal, Arata Isozaki, César Pelli, Carlos Ferrater,…

Obras de apertura del canal de Deusto frente al nuevo puente Gehry (construido en honor al arquitecto del Guggenheim) para convertir Zorrotzaurre, Bilbao, en una isla donde las antiguas fábricas serán sustituidas por viviendas según el masterplan que planificó el estudio de Zaha Hadid.

Especial mención merece el masterplan de Zorrotzaurre de la difunta celebrity de la arquitectura Zaha Hadid, que será el mayor plan de “regeneración urbana” (eufemismo usado para maquillar una realidad especulativa) de la ciudad, que afectará a una superficie de 838.781 metros cuadrados en la Ría del Nervión. Se abrirá el canal de Deusto para convertir Zorrotzaurre en una isla donde las antiguas fábricas serán sustituidas por viviendas de precios elevados, en un momento en el cuál no existe un incremento real de demanda de vivienda en la zona que justifique una inversión de esa magnitud. Por si fuera poco marketing, la creación de esta isla ya se vende como “isla creativa”, usando el discurso blanqueador y “cool” de las clases creativas, que veremos más adelante, para intentar atraer a población con mayor poder adquisitivo. Así mientras van llegando los nuevos vecinos podremos ver como el precio de la caña pasará del 1,30€ en vaso grande que cuesta actualmente en los bares de la zona a los más de 2€ en copita pequeña pero con música hipster de fondo, decoración sacada de pinterest a base de palets y cajas de fruta de madera transformadas, y contratos de 10 horas con trabajos reales de 40 horas a la semana para las camareras que costearan las vacaciones de los nuevos propietarios. Sin contar, claro esta, con todo el dinero de las arcas públicas que se dejará de invertir en rehabilitar otros barrios para poder sufragar esta transformación urbana.

El “efecto Guggenheim” se ha vendido internacionalmente como un ejemplo de hacer ciudad y su discurso sigue siendo copiado hasta la saciedad. La combinación de arquitecto estrella, edificio singular, renovación cultural y reurbanización sigue justificando nuevos masterplanes en las ciudades de todo el mundo.

Esta combinación público-privada para crear ciudad, donde las administraciones neoliberales predisponen y facilitan y la empresa privada construye y se reparte los beneficios, es algo característico del igualmente famoso y previo “Modelo Barcelona”. Una forma de hacer que, a base de publicidad entre la ciudadanía ha conseguido crear un discurso que ha legitimado todas las grandes inversiones generadas, empezando con los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 y siguiendo con el Fórum de las Culturas en el 2004.

Bilbao0916-30
Estadio de futbol de San Mamés, del
arquitecto César Azcárate, uno de los edificios
singulares que se pueden ver en los alrededores
de la ría de Bilbao.
El Museu Blau, antes llamado Edificio Fórum, obra de los arquitectos Jacques Herzog y Pierre de Meuron, ubicado en el barrio de Diagonal Mar y el Front Marítim del Poblenou, una zona construida al amparo del Fórum de las Culturas del 2004 y de las preferidas por los expats internacionales que vienen a Barcelona a vivir. El índice RFD (Renta familiar disponible) para la zona de Diagonal Mar y el Front Marítim del Poblenou se sitúa (datos del año 2015) en 162,5, siendo la media de Barcelona de 100 y la de el Besós y el Maresme, el barrio de al lado y que sigue prácticamente igual de olvidado desde antes del Fórum, es de 54,4. Los más de 3200 millones de euros invertidos en el Proyecto Fórum no dieron para reformar el Besós. Será porqué allí las personas migrantes que vienen a trabajar no tienen dinero para llamarse expats.

Mientras se invierten exageradas sumas de dinero público en estos edificios de diseño, firmados por arquitectos estrella, hay zonas de las ciudades que permanecen olvidadas por las administraciones, con un gran número de personas viviendo en situación de pobreza.

Edificios del barrio de La Mina, al lado de la zona
del Fórum y habitados por familias de clase trabajadora
que no se beneficiaron de toda la inversión que supuso
el Proyecto Fórum.

El discurso del Fórum de las Culturas de Barcelona sirvió para justificar las intervenciones desarrolladas al final de la Diagonal, para aprovechar el frente marítimo y venderlo a clases más pudientes. Tal y como señalan Jose Mansilla y Giuseppe Aricó (del Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà, OACU), se realizó una inversión de más de 3200 millones de euros y una recalificación de la zona que preveía un campus universitario, hoteles, zonas de negocio, pisos para niveles altos de renta, un puerto turístico y un área de equipamientos. En total se transformó una superficie 4 veces superior a la intervenida durante los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Todo ello bien maquillado con edificios singulares de arquitectos estrella que ayudaban a justificar la inversión, como el Museu Blau de Herzog y de Meuron o el Centro de Convenciones diseñado por Josep Lluís Mateo.

Zona del Forum de Barcelona.

Mientras tanto, el barrio del Besós y el Maresme, tocando a la zona del Fórum, o la estigmatizada zona de La Mina, tenían que conformarse con ver pasar el dinero por delante de ellas mientras sus edificios, servicios y zonas comunes seguían desatendidas. Tal y como se puede ver en las estadísticas del Ayuntamiento de Barcelona, el índice RFD (Renta familiar disponible) para la zona de Diagonal Mar y el Front Marítim del Poblenou, donde se ubica el Forum, se sitúa (datos del año 2015) en 162,5, siendo la media de Barcelona de 100 y la de el Besós i el Maresme de 54,4. Por mucho que se quiera disfrazar la realidad, resulta más que evidente que las intervenciones han estado orientadas para atender las necesidades de las rentas más altas de la ciudad y para llenar los bolsillos de las empresas colaboradoras de estas transformaciones.

Dongdaemun Design Plaza (DDP), Seúl. Museo
realizado por el estudio de la recientemente
fallecida, Zaha Hadid. Otro intento, por parte
de las autoridades de imitar el efecto Guggenheim,
y posicionar a las ciudades “marca” en el
mercado internacional contratando a
“arquitectas estrella”.

Las intervenciones han estado orientadas para atender las necesidades de las rentas más altas de la ciudad y para llenar los bolsillos de las empresas colaboradoras de estas transformaciones, en una perfecta combinación público-privada.

La misma forma de hacer, los mismos argumentos y las mismas justificaciones podemos verlos en cualquier ciudad del mundo que tenga o planee tener un hito arquitectónico parecido. En Seúl por ejemplo, el alcalde Oh Sei-hoon, dijo que el diseño debía ser el nuevo motor económico para el desarrollo de la ciudad (otra vez las clases creativas), justificando así la construcción del Dongdaemun Design Plaza (DDP) como elemento visible de esta política. Una amplia intervención urbanística con un edificio en forma de nave espacial, diseñada por Zaha Hadid y su estudio, que se inauguraría en el 2014 en la zona donde se encontraba el estadio de béisbol Dongdaemun Stadium and Sports Complex desde hacía 82 años. Tal como indica Alex Cocotas en Jacobin Magazine, la construcción del DDP desplazó a 900 comerciantes locales y supuso un gasto de 450 millones de dólares.

Dongdaemun Design Plaza (DDP), Seúl.
Nuevo ayuntamiento de Seúl, del estudio de arquitectura iArc.

Otro edificio levantado con la misma intención en Seúl, es el nuevo edificio del ayuntamiento, obra del estudio de arquitectura iArc. Una llamativa estructura con forma de ola gigante y con una fachada realizada completamente de cristal, que se encuentra situada justo detrás del antiguo ayuntamiento.

Uno de los lavabos que hay en Guryong Village, Seúl, un barrio de chavolas  ocupado principalmente por  personas mayores trabajadoras y no muy lejos del flamante edificio de Zaha Hadid.

Dinero público gastado para el beneficio de unos pocos mientras a escasos kilómetros de allí, sigue en pie el barrio de chavolas de Guryong Village (podéis verlo en el apartado “Barrios marginados”) donde se amontonan, en casas de chapa y con unas condiciones precarias, las personas que no se han beneficiado del dinero que mueve la ciudad, una de las más ricas del mundo. Como tampoco se han beneficiado de esta riqueza las personas mayores que hacen cola en los comedores sociales o las mujeres que con 50, 60 o 70 años se tienen que prostituir (muchas de ellas por primera vez en su vida) para poder comer porque el milagro económico que ayudaron a construir las deja de lado. Una fuerte lucha de clases donde las administraciones ni se inmutan a la hora de planear exagerados gastos públicos para edificios de diseño, mientras van dejando morir a las personas de las cuáles no pueden seguir exprimiendo beneficios. Una forma de hacer ciudad totalmente clasista y patriarcal donde el interés capitalista muestra su cara más criminal.

Mientras se invierten grandes sumas de dinero en crear edificios llamativos, parte de la población hace cola para conseguir un plato de comida caliente en uno de los comedores sociales que hay repartidos por la ciudad de Seúl.
Vía del nuevo tranvía, Addis Abeba.
Vías elevadas del nuevo tranvía en la céntrica plaza Meskel, Addis Abeba.
 

El incremento de beneficio, razón de ser del sistema capitalista, choca aquí de frente con el derecho a la ciudad de sus habitantes.

Y si esto pasa en las ciudades con mayor capacidad económica del mundo, en las más empobrecidas, el funcionamiento que el capitalismo impone es similar. En Addis Abeba, capital de Etiopía y uno de los países con un PIB más bajo, las obras faraónicas también se abren paso.

En la céntrica plaza Meskel, se juntan las dos lineas de tranvía que atraviesan la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Unos 34 km de recorrido que aquí se unen en una simbólica demostración de fuerza de lo que Etiopia es capaz de hacer. Una enorme obra de ingeniería que pretende conectar la ciudad. Financiada en un 15% por el gobierno etiope y el otro 85% por el Export-Import (EXIM) Bank of China, y construida por la empresa China Railway Group Limited ha supuesto un costo de unos 475 millones de dólares.
El paisaje de la ciudad se ha visto interrumpido por las grandes columnas que elevan las vías del tranvía en la mayor parte de su recorrido. Enormes bloques de hormigón fueron fijados por trabajadores etíopes siguiendo las órdenes de los capataces chinos. Se ha invertido una gran cantidad de dinero en una gran obra que seguramente ni necesitaba la mayoría de la población ni podrán permitirse el lujo de usarla, pero que queda estupendamente de cara a las clases turísticas internacionales y a los inversores.

Dos jóvenes entrenando en unas estructuras
de hierro en la plaza Meskel, un popular punto
de encuentro para gente que hace deporte en Addis
y justo enfrente de las vías del nuevo tranvía
Sede del African Union, el edificio más alto de la ciudad con un coste de 200 millones de dólares.
Casas hechas con chapa, madera y adobe cerca
de la céntrica zona de Piazza, Addis Abeba.

Lo mismo podríamos decir de la sede del African Union, el edificio más alto de la ciudad que se alza por encima de sus habitantes en una demostración del poder que representa. 200 millones de dólares gastados en un edificio que, en palabras del presidente del African Union en el 2012, Teodoro Obiang Nguema, presidente de Guinea Ecuatorial, “es un reflejo de la nueva África”.

Mientras tanto, gran parte de la población duerme en infraviviendas hechas con chapa, arrastra enfermedades que deberían estar ya erradicadas y no pueden ni hacer 2 comidas al día.