CAPITAL CITY // CLASES CREATIVAS

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El término de clases creativas es usado para designar a todas aquellas personas profesionales del diseño, la ilustración, el arte, la arquitectura, la cultura, la música, la tecnología, la ingeniería y hasta la biotecnología o la medicina. Cualquier tipo de trabajo que pueda encajar dentro del preciado, popular y ambiguo mantra de la creatividad, tan valorado en nuestras sociedades.

Este concepto, ha sido utilizado e impulsado, entre otros, por Richard Florida, famoso a raíz de la publicación de su libro “The Rise of the Creative Class” y que ha sido una de las figuras visibles dedicada a influenciar, tanto a políticos, como al público en general, para promover cambios en las ciudades. Como estos profesionales tienen salarios más elevados y realizan un consumo superior al resto de la clase trabajadora, Richard Florida sostenía que las ciudades debían abrirse y hacerse atractivas para que este grupo de personas quisieran instalarse en ellas y, sirvieran así, con su modo de vida, de motor económico para la ciudad. Este discurso encaja perfectamente con los intereses de los empresarios y políticos centrados en hacer negocio y que ven en él una justificación ideal para maximizar beneficios. En esta sociedad, donde la apariencia es fundamental para el consumo, la idea de la creatividad es la reina para cualquier argumentación.

Así, los barrios céntricos de las ciudades, habitados inicialmente por personas de clase trabajadora, se van transformando y atrayendo a las preciadas clases creativas que centraran su vida en torno al consumo cultural mientras modifican el barrio, que se va adaptando a sus intereses. En este contexto se produce la famosa gentrificación, término usado por primeva vez a finales de los años sesenta por Ruth Glass para explicar el desplazamiento de las clases medias acomodadas (Gentry) desde las urbanizaciones de la periferia de las ciudades al centro y que, actualmente, se usa para explicar cualquier situación en la que la población local es sustituida por una población con mayor poder adquisitivo.

Así que ahora, en nuestro nuevo barrio, recién adaptado a nuestros gustos y necesidades (y los gustos de los especuladores), podremos ir a una cafetería a deleitarnos con sus muffins, tartas o alguna variedad de dulce exótico traído de la otra punta del mundo mientras nos tomamos un batido de frutas o un café frappé durante un brunch. Luego podremos darnos una vuelta y mirar las nuevas y modernas bicicletas o skates que vende la tienda donde antes estaba el taller de reparaciones, ojear las nuevas colecciones de diseño y ropa vintage de jóvenes creadores cerca de la antigua sastrería e ir a comprar algo de comida bio, veggie o delicatessen en la tienda de la esquina. A la hora de comer nos acercaremos a probar uno de los modernos restaurantes de diseño cuidado y platos sofisticados, a imitación de lo que marcan los grandes gurús de la restauración y luego, iremos a cuidar la línea con un poco de crossfit en el gimnasio o de running por el parque. Y si no nos apetece tanto ejercicio, siempre es buen momento para una clase de cerámica donde estaba la tienda de fontanería o una sesión con nuestro coach motivacional justo antes de ir a que nos recorten la barba y nos dejen perfectos para la inauguración de la exposición que hay en la galería de al lado de casa o, incluso, para tomar un cóctel afterwork mientras hacemos un poco de networking.

Nuevos vecinos, nuevos usos y, como no, nuevos lenguajes para designar una realidad centrada en el consumo individualista con fachada “cool” mientras se esconde lo que de verdad está ocurriendo: un desplazamiento de la población con menos poder adquisitivo. Tal como comenta Otilia Arantes: “lo que importa en todo esto es siempre determinar quién se va y quién entra” (citada en el libro “Mierda de Ciudad”).

Los discursos a favor de las clases creativas no cuestionan en ningún momento el porque de sus salarios más elevados ni la idea del trabajo en si en nuestra sociedad. Tampoco parece importarle porque hay trabajos fundamentales para la reproducción social, como los cuidados, realizados mayoritariamente por mujeres, que no son ni siquiera considerados como tales por no estar pagados. Apostar por las clases creativas como motor de estimulación económica es aceptar el status quo de un sistema patriarcal basado en la explotación donde, como siempre, los que menos tienen son siempre los más perjudicados. Todo justificado por la falsa idea liberal de que la riqueza gotea riqueza a su alrededor. Los mismos discursos de siempre para justificar el derecho de quien más tiene a seguir teniendo más pero ahora con un envoltorio creativo.

Además, hay que tener en cuenta, tal como comentan Daniel Sorando y Álvaro Ardura en su libro “First we take Manhattan. Se vende ciudad”, que la apropiación de estos barrios marginados por las clases creativas es solamente un primer paso en el intento de seguir extrayendo beneficios del suelo. Las clases creativas sirven para hacer más “seguros” e “interesantes” estos barrios para clases con mayor poder adquisitivo, que inicialmente no se habrían planteado desplazarse a ellos. Así, estos diseñadores, publicistas, artistas, arquitectos y demás profesionales correrán también el riesgo de ser gentrificados por una población con todavía mayor poder adquisitivo.