Centros comerciales de Bangkok

CAPITAL CITY // EL CENTRO COMERCIAL

Web del Proyecto www.capitalcity.es

Con la deslocalización de las grandes industrias hacia lugares donde la producción es más barata, los trabajos en las ciudades se han desarrollado, cada vez más, alrededor del sector servicios.

Ante este panorama donde el ocio y el consumo son potentes motores económicos, la figura del Mall, el centro comercial, se alza como ideal capitalista de desarrollo. Un lugar creado única y exclusivamente para el consumo seguro y controlado, de espaldas a la ciudad, donde el visitante penetra en un universo pensado exclusivamente para extraer beneficio de su visita.

Estas enormes moles no solo transforman la fisionomía de las ciudades sino también su modelo productivo y de consumo y, en consecuencia, nuestra forma de relacionarnos con ellas.

Estas “Catedrales” del consumo, construidas gracias a la inversión privada y de la mano de las administraciones que posibilitan su edificación y su modelo de negocio, no solo eliminan la vida de las calles, trasladándola al interior sino que, también afectan a los negocios tradicionales que hay alrededor y a los consumidores.

De entrada, se realiza una gran construcción que, para ser rentabilizada, va a tener que cobrar un alquiler por el uso de sus espacios que no todo el mundo podrá pagar. Los pequeños comercios locales tendrán muy difícil el acceso a estas parcelas que serán ocupadas por empresas o transnacionales con mayor poder adquisitivo que puedan hacer frente a esta inversión inicial mientras, a su vez, suben los precios de sus productos o se aprovechan de la explotación internacional para rentabilizar dicha inversión. Productos que pagaremos las consumidoras.

Ahora en lugar de tomar un café en un modesto puesto donde la propietaria es la que te sirve, podremos tomar uno en un vaso moderno de Starbucks, tres veces más caro, servido por trabajadoras contratadas con condiciones laborales precarias mientras los beneficios se los reparten los inversores de la compañía que no estarán realizando el trabajo. O quizás podamos encontrar prendas de ropa más baratas producidas gracias a la explotación internacional de países del sur global donde las condiciones laborales son más precarias y contra cuyos precios no pueden competir los productores locales.

Eso sí, todo dentro de un centro muy bonito y bien diseñado que esconde estas realidades, con guardias que garantizan nuestra seguridad para comprar, con restaurantes para comer si nos entra hambre y cines con palomitas y bebidas a precios de menú completo por si queremos distraernos de las tiendas. Todo esto bien protegidos del sol, la lluvia y el frío para no tener necesidad de interrumpir nuestro proceso de consumo. Nos convertimos en vacas a las que no paran de ordeñar nuestro dinero mientras nos proyectan una ilusión de vida que no nos pertenece y de la cuál solo podemos participar consumiendo, comprando felicidad asociada a los productos tal y como la publicidad no para de enseñarnos que hay que hacer.