La foto

En el 2018 empecé a publicar una serie de fotos comentadas en la sección “Apuntes de clase” del periodico La marea. Estas son las imágenes y los textos.

Una casa aparece tras el muro que limita uno de los solares de Zorrotzaurre, Bilbao.

Zorrotzaurre, de la fábrica al ladrillo

El pasado octubre se celebró el encuentro Cities for Excellence en Bruselas, un evento que pretendía ser una llamada a la “creación de redes con las mejores universidades, agrupaciones e institutos de investigación para proyectos de ciudades inteligentes y gobernanza urbana”. En este contexto, la concejala delegada del área de Alcaldía, Contratación y Recursos Humanos del Ayuntamiento de Bilbao, Gotzone Sagardui, presentó el proyecto Zorrotzaurrecomo “la futura isla del conocimiento y del talento”. Se refería al masterplan de Zorrotzaurre, obra de la difunta celebrity de la arquitectura Zaha Hadid, un plan de “regeneración urbana” (eufemismo muchas veces usado para maquillar una realidad especulativa) de la ciudad de Bilbao, que afectará a una superficie de 838.781 metros cuadrados en la Ría del Nervión, siendo una de las mayores transformaciones de la ciudad. Mientras se acaban de tirar todas las fábricas previstas y se prepara el terreno para nuevas empresas, viviendas y equipamientos, se ha abierto el canal de Deusto convirtiendo esta zona en una isla en medio de la ría.

Una isla que funciona perfectamente para visibilizar esta transformación urbana, “Una isla para vivir, trabajar y disfrutar”, como la definen desde la web del proyecto, donde también hablan de “isla creativa”, usando el discurso blanqueador y cool de las clases creativas, popularizado por Richard Florida, para intentar atraer a población con mayor poder adquisitivo y con la que se pueda conseguir mayores beneficios. Toda una operación de marketing urbano que lleva tiempo vendiendo el proyecto, no solo a sus futuros moradores y moradoras, sino también al resto de la población para seguir haciendo negocio con el suelo y el ladrillo. Eso sí, bien maquillado bajo discursos de creatividad, ciudades inteligentes, sostenibilidad y, cómo no, talento.

Un “talento” que nos va permitir ver cómo el precio de la caña seguramente pase de 1,30€ en vaso grande que cuesta actualmente en los bares que ya estaban en la zona a los más de 2€ en copita pequeña pero con música hipster de fondo y decoración sacada de pinterest a base de palets y cajas de fruta de madera transformadas para los nuevos establecimientos.

Publicado el 5 de Diciembre del 2018 en “Apuntes de clase” de La Marea.

Un restaurante de la cadena McDonald’s, en Times Square, Nueva York.

La ciudad como valla publicitaria

En el capítulo 15 millones de méritos de la popular serie de televisión Black Mirror, vemos al protagonista asaltado constantemente por anuncios que ocupan todas las paredes de su dormitorio. Imágenes a todo volumen que no paran de interrumpirle y molestarle y de las que solo puede escaparse si abona una cantidad de dinero durante el anuncio.

Aunque todavía no llegamos a esta distopía planteada por la serie, basta con darse una vuelta por cualquier ciudad para comprobar lo presente y normalizada que tenemos la publicidad en nuestro entorno. Desde las grandes lonas que cubren los edificios hasta los pasillos del metro, las marquesinas de los autobuses, los propios trenes y autobuses rotulados por entero, los taxis, las vallas publicitarias que aparecen en las cercanías de las autopistas y en los pocos solares que todavía quedan disponibles en las ciudades, los coches anuncio, los aeropuertos y la publicidad invasiva de tiendas y centros comerciales.

Publicidad que nos rodea de mensajes destinados únicamente a potenciar nuestro consumo y modificar nuestros hábitos e intereses, con el único objetivo de satisfacer las cuentas corrientes de las empresas anunciadas y que nos asalta a cada paso que damos sin que podamos librarnos de ella en ningún momento.

Contaminación visual y privatización del espacio en ciudades en las que somos meras personas consumidoras.

Publicado el 15 de Noviembre del 2018 en “Apuntes de clase” de La Marea.

El “Oculus” de Santiago Calatrava en la zona del World Trade Center de Nueva York.
El “Oculus” de Santiago Calatrava en la zona del World Trade Center de Nueva York.

El “hito arquitectónico”

La estación de metro que el arquitecto español Santiago Calatrava construyó en la zona del World Trade Center, en Nueva Yor, es un ejemplo perfecto de cómo las administraciones neoliberales y las empresas privadas, han hecho ciudad gracias a la figura del “arquitecto estrella” y el “hito arquitectónico” sin tener en cuenta las necesidades reales de los habitantes y con el objetivo último de maximizar beneficios del suelo y del turismo.

Estos edificios, fácilmente distinguibles y localizables, sirven para atraer la atención y posicionar a la ciudad dentro del mercado internacional de ciudades, donde se compite para atraer turismo e inversión, mientras se lava la cara al proyecto dándole una imagen vanguardista.

La construcción, que hará las delicias de los fabricantes de coches, ofreciendo un fondo perfecto para sus spots publicitarios, igual que ha hecho la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia que el mismo construyó, tuvo un costo final de 4 mil millones de dólares, el doble de lo presupuestado, y acumuló un retraso en su finalización de 7 años.

Si bien es verdad que Calatrava sirve perfectamente a estos intereses, no es el único. Las grandes celebrities de la arquitectura mundial como Frank Gehry, Herzog y de Meuron, Norman Foster o la difunta Zaha Hadid, constructores de estas catedrales del capital, son herramientas que engrasan el sistema y que sirven para crear ideología entre la población. Gracias a los medios de comunicación masiva, aparecen como ideal  de empresario triunfador, hombres del renacimiento, cultos y creativos, que sirven para justificar la falsa idea liberal de que quien se esfuerza consigue el éxito mientras el resto de profesionales de la arquitectura y la construcción vive en situaciones económicas precarias.

Publicado el 31 de Octubre del 2018 en “Apuntes de clase” de La Marea.

Parque del Cincuentenario,Bruselas.

El fetichismo y la ciudad

Marx se refería al fetichismo de la mercancía para señalar cómo los objetos que compramos esconden las relaciones de producción sobre las que han sido creados, no pudiendo darnos cuenta, al ver una camisa de Zara, por ejemplo, que ha sido elaborada gracias a la explotación internacional que las corporaciones hacen de la clase trabajadora. Algo parecido podemos encontrar tras esta imagen del parque del Cincuentenario de Bruselas, ubicado justo al lado de la Comisión Europea y que, tras sus cuidados jardines y su utópica apariencia, propia del ideal de ocio y descanso blanco burgués de las ciudades europeas, esconde también las relaciones de poder sobre las cuales se desarrolla.

Entre ellas, esconde, por ejemplo, los miles de desahucios y deudas provocadas a las personas de clase trabajadora sobre las que descansa la fortuna de Goldman Sachs o Merrill Lynch, cuyas oficinas, dedicadas a ejercer actividades de lobby en el Parlamento y en la Comisión Europea, se encuentran a unos pocos minutos a pie de este parque*. También esconde los intereses de BlackRock, el mayor fondo de inversión del mundo, o de Google, Facebook, Amazon, Shell, BP o Basf, entre muchas otras empresas ubicadas al lado de esta escena y que se centran en obtener beneficios para sus accionistas y directivos a costa del interés general.

La cara bonita y cool de las ciudades, creada para ser disfrutada por los privilegiados profesionales que se pueden permitir una vida de mayor consumo y seguridad, se asienta así, sobre la explotación que, entre otras cosas provoca, solamente en España, 167 desahucios al día.

* Datos del informe ‘Lobby planet’, del Corporate Europe Observatory.

Publicado el 10 de Octubre del 2018 en “Apuntes de clase” de La Marea.

Esquina de las calles Martin Luther King Jr con la Avda. Frederick Douglas, en Harlem. Junto al icónico teatro Apollo se puede ver el cartel del restaurante Red Lobster, uno de los nuevos llegados al barrio.

La colonización de Harlem

En 1955, James Baldwin, escritor nacido en Harlem, crítico social  y una de las voces más conocidas del Civil Rights Movement –el colectivo que luchó por los derechos de las personas afroamericanas en Estados Unidos–, decía en su libro Notes of a native son: “En todo Harlem, chicos y chicas negros están teniendo una madurez atrofiada (…) y la pregunta no es por qué hay muchas personas destrozadas sino cómo es que muchas de ellas consiguen sobrevivir”. Si James Baldwin visitara ahora Harlem, vería que, si bien las condiciones del barrio parecen haber mejorado para algunas personas, no es la población afroamericana la beneficiada.

Los elevados precios de las viviendas de las zonas residenciales y de los barrios financieros de Manhattan han hecho que las personas trabajadoras mayoritariamente blancas y con altos ingresos, privilegiadas de un sistema estructuralmente racista, se interesen por otras zonas de la ciudad. Como Harlem, ubicado en la zona norte de Manhattan, justo encima de Central Park, con precios más asequibles y muy bien conectado con el resto de la isla.

Este histórico barrio que en el año 2000 tenía una población afroamericana de 84.675 personas y una población blanca de 2.235, ha sufrido una auténtica invasión blanca de sus calles: ha aumentado en un 846%, hasta tener una presencia de 21.152 personas en 2015, tal como señala el estudio Neighborhood Economic Profiles del New York City Comptroller,

Se está produciendo una nueva colonización que en la práctica se traduce en la expulsión de la población afroamericana del barrio, con menor capacidad adquisitiva, a zonas más alejadas de la ciudad. Mientras, calles como Martin Luther King Jr o Frederick Douglas,  se ven invadidas por bodegas, cafeterías con nombres franceses, restaurantes, supermercados con productos delicatessen y pisos de lujo para  sus nuevos habitantes.

Publicado el 24 de Septiembre del 2018 en “Apuntes de clase” de La Marea.

“Centro comercial Siam Paragon, unos de los muchos centros que se encuentran repartidos por la ciudad de Bangkok y donde se pueden comprar hasta vehículos de alta gama.

El centro comercial

Con la deslocalización de las grandes industrias hacia lugares donde la producción es más barata, los trabajos en las ciudades se han desarrollado, cada vez más, alrededor del sector servicios.

Ante este panorama donde el ocio y el consumo son potentes motores económicos, la figura del Mall, el centro comercial, se alza como ideal capitalista de desarrollo. Un lugar creado única y exclusivamente para el consumo seguro y controlado, de espaldas a la ciudad, donde el visitante penetra en un universo pensado exclusivamente para extraer beneficio de su visita.

Estas “Catedrales” del consumo, construidas gracias a la inversión privada y de la mano de las administraciones que posibilitan su edificación y su modelo de negocio, no solo eliminan la vida de las calles, trasladándola al interior sino que, también afectan a los negocios tradicionales que hay alrededor y a los consumidores.

De entrada, se realiza una gran construcción que, para ser rentabilizada, va a tener que cobrar un alquiler por el uso de sus espacios que no todo el mundo podrá pagar. Los pequeños comercios locales tendrán muy difícil el acceso a estas parcelas que serán ocupadas por empresas o transnacionales con mayor poder adquisitivo que puedan hacer frente a esta inversión inicial mientras, a su vez, suben los precios de sus productos o se aprovechan de la explotación internacional para rentabilizar dicha inversión. Productos que pagaremos las consumidoras.

Eso sí, todo dentro de un centro muy bonito y bien diseñado que esconde estas realidades, con guardias que garantizan nuestra seguridad para comprar, con restaurantes para comer si nos entra hambre y cines con palomitas y bebidas a precios de menú completo por si queremos distraernos de las tiendas. Todo esto bien protegidos del sol, la lluvia y el frío para no tener necesidad de interrumpir nuestro proceso de consumo.”

Jóvenes bailando en el patio interior del MACBA, Barcelona.

La calle: vigilancia, planificación y control.

 

“Las calles, lugares de encuentro tradicionales de la población donde la vida humana se desarrolla, llevan años mutando en espacios sin vida, en lugares para consumo que transitan de un punto a otro de una ciudad convertida en escenario de sí misma, o en meras zonas de tránsito de vehículos, vigiladas, controladas, planificadas y reservadas para un determinado público pudiente.

Aunque todavía seguimos haciendo un uso intenso de la calle en las manifestaciones y en las protestas, en el día a día, la vida urbana que defendía Jane Jacobs en su clásico Muerte y vida de las grandes ciudades parece más extinta que nunca. Cada vez hay menos espacio para el ocio sin consumo en ciudades que nos consumen y que, al mismo tiempo, se consumen. Además, como comenta Marta Contijoch en el libro Barrios Corsarios, “asistimos a la generalización creciente de discursos del miedo que muestran el exterior urbano como una fuente no solo de riesgos físicos, sino también morales, un espacio peligroso no solo para la integridad de los cuerpos infantiles, sino, igualmente, para sus almas”.

Un espacio peligroso del cual solo podemos protegernos mediante la seguridad de los espacios de consumo y mediante las regulaciones de las ordenanzas cívicas, presentes en varias ciudades y que pretenden regular el uso del espacio público en beneficio de un civismo claramente clasista y racista.

Ante esta situación, qué mejor contraataque que el de estas personas haciendo suya la calle de Barcelona…”

Ricos1505-06-copia
Entrada del “Ocean Club” en el port vell de Barcelona.

“Ocean Club”, lujo en el Port Vell

En plena “crisis económica”, con gran cantidad de la población pasando por situaciones muy difíciles, una de las pocas obras que seguían en marcha en la ciudad de Barcelona era la reforma de la parte histórica del puerto. Y no era precisamente para ayudar a las personas que peor lo estaban pasando sino todo lo contrario. La construcción del OneOcean Port Vell supuso la privatización de una parte del puerto de Barcelona, que pertenecía a todos sus habitantes, para el uso exclusivo de las clases altas internacionales que, a partir de ese momento, podrían aparcar sus grandes yates en pleno centro de la ciudad mientras separaban con rejas los accesos para el resto de la población. La operación de transformación se presentó en el año 2012 apoyada por el entonces alcalde Xavier Trias, de Convergència i Unió, frente a la fuerte oposición del vecindario que denunciaba la privatización de su territorio y la opacidad del proyecto autorizado por la Autoridad Portuaria de Barcelona (APB). Toda una declaración de intenciones sobre para quién se construye la ciudad.

Un solar habitado por viviendas de chapa con el edificio de la Torre Glòries al fondo. Poblenou, Barcelona.

Del Poblenou al 22@

“El futuro en Barcelona tiene un nombre, 22@. Un barrio ubicado en los terrenos más industriales del Poblenou, donde la innovación, la creatividad, el diseño y la tecnología son el motor que ha reemplazado las antiguas fábricas. Un nuevo modelo de ciudad que impulsa Barcelona hacia una renovación equilibrada y sostenible”.

Es el mensaje que aún se lee en la web del Ayuntamiento meet.barcelona.cat, mientras continúa abierto el proceso Repensem el 22@ con el que el consistorio pretende, mediante un “proceso de participación ciudadana […] establecer un diagnóstico compartido de retos y necesidades y una propuesta estratégica para repensar el 22@”. De momento, de espaldas a los privilegiados profesionales internacionales de las industrias tecnológicas y de comunicación, que tan bien funcionan para revalorizar el suelo, las infraviviendas hechas por personas en situación de pobreza, siguen ocupando los pocos solares vacíos que todavía quedan en la ciudad y mostrando que, tras los discursos elitistas de la creatividad y la tecnología, la realidad clasista, racista y patriarcal que precariza y margina no desaparece.

Publicado el 12 de Mayo del 2018 en “Apuntes de clase” de La Marea.